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El niño interior

El niño interior

Cada persona tiene un rincón oculto en el cual habitan esas partes de uno mismo que quedaron sin concluir y que buscan completarse. A eso se le llama el niño interior, ya que dentro de él se encuentran lo aspectos inmaduros de la personalidad de cada uno. Ese niño siempre está pidiendo que le demos más, nunca está satisfecho. Siempre quiere más. En ese espacio se encuentran todos los momentos dolorosos de nuestro pasado, esperando que los cambiemos. Y esa inconformidad es proyectada al momento actual pidiendo ayuda.

Todos tendemos a creer que el pasado no puede cambiarse, pero todos tenemos una fuerza interior para modificarlo todo dentro de nosotros mismos. Como ejemplo podemos pensar en una persona que, tras varias décadas, todavía se lamenta de no haber tenido la oportunidad de estudiar por haber tenido que trabajar desde una edad temprana. Ese pasado afecta al presente, porque el niño interior herido sigue queriendo esa oportunidad que no pudo tener, y por eso el adulto culpa de sus fracasos a sus padres.

Si en lugar de mantener ese rencor, la conciencia de esa persona adulta completa la experiencia del niño, el resultado puede ser pasmoso. En este caso, como terapia se tiene que crear una meditación guiada, en la que el adulto asume el papel de padre. Ese padre observa dentro de sí mismo al niño que llora, lo coge en sus brazos y le dice “Te entiendo, porque no tuviste la oportunidad de estudiar porque tus padres necesitaban que trabajaras. Eso no podemos cambiarlo, pero te voy a dar mi apoyo para que completes tu educación tal y como siempre has querido”. Si estas palabras se convierten en hechos, la carencia desaparecerá y será reemplazada por una gran satisfacción.

Dentro del niño interior se encuentran cuatro familias de miedos, que tenemos que transformar a lo largo de la vida. Se trata del miedo a perder, el miedo a enfrentar, el miedo a ser abandonado y el miedo a la muerte.

  • En el miedo a perder la inseguridad se intenta ocultar tras una coraza para aparentar ser algo diferente. Esa coraza puede ser una imagen de soberbia, ira, orgullo, autoritarismo y otros comportamientos similares.
  • El miedo a enfrentar se oculta tras una máscara de timidez, indecisión, pudor, susceptibilidad u otras formas de inferioridad y autodestrucción.
  • En el miedo al abandono aparecen la sobreprotección, la vanidad, la posesividad, los celos y la manipulación.
  • Por último, en el miedo a la muerte encontramos las fobias, los apegos, la histeria, la rebeldía y la desconfianza.

Querer controlar cualquier aspecto indeseable de uno mismo es imposible si el inconsciente manda sobre nosotros y nuestra vida se mueve a través de reacciones instintivas. Pero cuando la conexión la lleva a cabo la conciencia, aportando luz hasta la raíz del problema, el adulto se hace cargo y el niño interior se marcha. La clave está en ser capaz de revivir el pasado pero con la conciencia de adulto, que es la que comprende, acepta, y encuentra las soluciones necesarias.

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